Ser periodista en Venezuela y sobrevivir en el intento

La calidad de la democracia de un país se puede medir por la libertad que tienen sus periodistas al asumir su profesión. Esta ha sido una de las ideas que Carmen Aristegui planteó en el Congreso de Periodismo Digital que recientemente se celebró en la ciudad de Huesca, España. La relación entre la libertad de expresión y la calidad de la democracia es fundamental en la política; ahora bien, también se requieren de ciudadanos que valoren esa relación y una clase política que entienda la importancia de la libertad de expresión y el derecho a la información para la construcción de una sociedad más justa y democrática. Algunos datos de las últimas semanas: “Durante las jornadas de movilizaciones de calle en Venezuela, entre el 12 y el 02 de marzo de 2014, 66 periodistas fueron víctimas de violaciones a la libertad de expresión en ejercicio de su labor. Se contabilizaron 70 casos y 121 violaciones a la libertad de expresión” (Espacio público)

En Venezuela, al margen del debate político partidista-ideológico entre sectores del oficialismo y de la oposición, ejercer la actividad profesional del periodismo es una carrera de fondo y de obstáculos. Es una actividad incomprendida por una sociedad altamente politizada. El periodista en Venezuela pone en juego su reputación, arriesga su integridad; y en varias circunstancias su vida. Son pocas las voces que defienden al periodismo por encima de los componentes ideológicos. Los sectores políticos priorizan el posicionamiento partidista antes que las competencias profesionales: la prioridad es la “causa política” y después el derecho del ciudadano a estar informado. En este contexto los principios del periodismo tienen que ser reivindicados y defendidos.

En Venezuela la democracia ha sido puesta a prueba en varias ocasiones. Desde 1989, con la movilización social del “Caracazo”, la sociedad venezolana ha tenido que enfrentarse a: crisis económicas, dos intentos de golpes de Estado (1992), la llegada al poder de Hugo Chávez (1999), una renuncia presidencial (2002), otro golpe de Estado que llevó a la presidencia por pocas horas a quien fuera presidente de Fedecámaras (Pedro Carmona Estanga), el regreso de Hugo Chávez al poder, consultas populares, cierre de medios de comunicación, elecciones, la muerte del líder de la revolución bolivariana (2013) y posteriormente la llegada al poder de Nicolás Maduro(2013). Este proceso se ha vivido en un contexto de agresividad política en la calle y en el discurso político. Además, aunque Venezuela sigue viviendo de una renta petrolera significativa y con algunos indicadores económicos en crecimiento, es un país donde encontramos: devaluación de la moneda, miseria, pobreza, delincuencia, problemas estructurales en diversas áreas y falta de un proyecto de país en el cual todas las ideas sean respetadas. Es entendible que en este contexto, los medios de comunicación (impresos y online) han sido, son y serán escenarios conflictivos; en ellos, el ejercicio profesional del periodismo es un asunto de “buscarse la vida” y defender la propia.

Con respecto al papel desempeñado por los dueños de comunicación, en algunos casos se han posicionado claramente a favor o en contra del poder establecido. En los últimos años el riesgo a las sanciones económicas, la dificultad de acceder a recursos por la devaluación de la moneda y la búsqueda de modelos de negocio rentables hacen del sector depender de la publicidad oficial o de sectores económicos. Sin embargo, grandes empresas han tenido que emigrar a otros países impulsadas por la inseguridad jurídica de un gobierno que utiliza la revolución como bandera para cualquier acción en contra del sector empresarial y ante la amenaza permanente de expropiaciones. Es complejo intentar mantenerse en un punto de equilibrio entre la política del oficialismo y la política de la oposición; pero, ¿y el derecho a la información y a la libertad de expresión?

La actividad profesional del periodista en Venezuela vive nuevamente una encrucijada entre el deber ser y lo que realmente se puede hacer en el contexto de una sociedad dividida por la “pasión” política y en donde no impera la “razón” entre los defensores del oficialismo y la oposición. Sectores sociales cada vez más alejados, politizados ideológicamente y con pocos escenarios para el encuentro.

Los números de muertos por los enfrentamientos políticos en Venezuela parecen todavía no ser una voz de alerta lo suficientemente alta sobre lo que está ocurriendo. En un país donde la delincuencia común suele dejar números más elevados de víctimas parece que la conflictividad de estas últimas semanas, lamentablemente, no deja de ser un episodio más de la revolución bolivariana. Se convive con las frustraciones y el desaliento de sectores que no encuentran un espacio para el diálogo; si es que realmente todavía podría pensarse en la posibilidad de un diálogo entre los actuales líderes de la oposición y el gobierno.

Un cambio generacional en la clase política y en sus estructuras, con un discurso y testimonio de respeto sería una vía para pensar en una Venezuela que pueda encontrar la paz social. Por lo pronto, la saturación de información y el intentar identificar quién está informando y no manipulando a favor o en contra de una idea política requiere de un conocimiento del contexto, de la realidad cotidiana del venezolano y de asumir que la política en Venezuela no es un tema de indicadores sino de emociones encontradas por años de intolerancia, frustraciones, desigualdades sociales, corrupción e irrespeto al ciudadano.

Artículo publicado anterioirmente en: Web de la Asociación de Periodistas de Aragón.

 

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